Le regarde belge


Si un buen día alguien, en algún remoto y descabellado futuro en el que tú no estuvieses, me preguntase de qué color son tus ojos, no sabría qué decirle. No es una cuestión de marrón, azul o verde; no es que no reconozca el color del que se tiñen tus pupilas, ni los matices del que las diversas y rotondas posturas del sol las connotan.

No puedo decir que sean simple y llanamente azules. Incluso ahora que no los tengo delante para mirarlos y observar cómo tu pupila se clava en la mía sé que nunca han sido sólo azules.

Cuando nos conocimos a mediados de aquel frío febrero en el norte de Italia, tus ojos eran grises y borrosos. Encerraban el reflejo de unas nubes que nunca se marchaban. El cielo encapotado y triste, llorón, simplón, se habría comido el color de tus ojos, como cuando mezclas sin querer la ropa en la lavadora y ves cómo un maldito calcetín negro estropea tus blusas blancas inmaculadas. Sin embargo, el primaveral y caluroso mes de abril habría hecho que aquel monótono gris se entremezclase con el azul del cielo y que también adquiriese el tono anaranjado propio de las calles de Bolonia, de los aperitivos con Spritz y de las flores de Frida's.

Where you bought me flowers

Sería tan solo poco después cuando adquiriesen un tono beige, propio de los areniscos edificios de Bari. Habíamos viajado hasta el tacón de la bota en un vuelo directo hacia la reconciliación. La brisa marina mecía tus pestañas al compás del viento de levante. La piel de tus párpados comenzaba a broncearse y tus cejas áureas dejaban a simple vista tu condición de nómada pasajero. Eran preciosos, azules, beige, naranjas... todos los colores en los que se imbuían tus ojos parecían quedarse pegados en tus pupilas. 

Parece mentira: cuando los vi por primera vez en aquella esquina del cruce que dividía tu zona de la ciudad de la mía, me parecían borrosos, poco definidos, faltos de vida, de color. Juraría que trataban de camuflarse con el resto de tus facciones por miedo a dejarse llevar y teñirse de experiencias, de días largos, de viajes, de noches infinitas haciendo el amor. 

Aún hoy, de vez en cuando, fijan la mirada lejos. Quizás tan solo durante una milésima de segundo, lo suficiente como para ver que, tras los cristales de tus gafas de pasta y el cansancio, se esconden las ganas que empaparon tus ojos aquellos maravillosos meses entre trenes y hoteles bajo el sol del mediterráneo.

Tus ojos, tus extraordinarios ojos grises, siguen zambulléndose en el naranja de Bolonia, en el beige de Bari y en el resto de colores de aquella bota en la que caímos como dos ratones, sin caer verdaderamente en la cuenta de la importancia de una decisión, un billete de avión y el azar. Cada vez que me miras, cada vez que sale el sol, cada vez que paseamos por la galería de fotos, vuelven los colores a tus ojos intensos, fuertes, brillantes. Vuelve el recuerdo. Vuelve el azul, el naranja, el beige. Se marcha el gris.https://lesourisdekraainem.blogspot.com/p/relatos.html

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