El autor del jardín - Parte II


Parte II


Hacía tan solo seis meses que me había mudado a aquella casa: un adosado de tres pisos en el que se repartían cuatro habitaciones. La primera por orden de altura era la de mi colloc Amélie que llevaba un mes más que yo viviendo en la que bautizamos como la casa de Stockel. Acababa de diplomarse en comunicación en inglés y en español, y andaba en busca y captura de su primera experiencia laboral. Los meses anteriores habían sido muy duros para ella: encontrar un trabajo que se correspondiese con su perfil profesional era difícil dada la poca experiencia laboral que había tenido hasta entonces. La crisis sanitaria que comenzó a principios de año no mejoró su situación. Sin embargo, mantenía siempre ese talante positivo que la caracterizaba. Cada mañana se despertaba y daba clases por videoconferencia a niños que, al igual que nuestros compañeros de piso, se habían quedado sin clases y se encontraban ahora en casa encerrados «telestudiando» para poder finalizar el curso con unas notas más o menos decentes. Después, se hacía la comida (la bouffe, como ella decía, era su pasión) y, más tarde, cocinaba galletas y bizcochos. Los domingos solía preparar pancakes y, una vez que comenzó la primavera, se hacía cafés helados al menos una vez al día. Sus soirées se basaban en leer o ver alguna que otra serie o película de aquella infinita lista que tenía hecha desde hacía meses y que no hacía más que alargarse (siempre añadía más que veía). 

A diferencia del resto de mis collocs, Amélie y yo nos llevábamos bien, muy bien, si cabe. Compartíamos risas, conversaciones y alguna que otra cena. Desayunábamos asiduamente juntas en la mesa del salón, mucho más desde que se estableció el confinamiento. No obstante, no ocurría lo mismo con Madeleine y Mario.

Madeleine venía de Luxemburgo, aunque, como ella decía, sus orígenes eran un poco diversos. Su madre era belga, de la parte flamenca del país. Hablaba neerlandés (algo que enseñó a su hija desde pequeña. Su padre era francés, de Marsella. Tenía un claro acento sureño que se mezclaba con muchas palabras en portugués y en español, además de un fuerte humor francés (oh là là !). Ella, por el contrario, se había criado en Luxemburgo y se habría venido a vivir a Bélgica cuando aún iba a la escuela primaria. Ahora, estaba en su cuarto año de fisioterapia (o al menos eso decía). En época de exámenes no pasaba prácticamente por casa, se acostaba (y dormía hasta) tarde y comía un poco mal. Efectivamente, era una universitaria de los pies a la cabeza (hasta hace no mucho, yo también lo había sido).

Madeleine tenía un carácter un tanto extraño: tan pronto hacía honor a su nombre y era una chica dulce y atenta que te decía bonjour y se paraba a hablar contigo, como se ponía a la defensiva porque las cosas había que hacerlas de cierta manera (como a ella le parecía correcto). Además, aún no sabemos por qué motivo, siempre solía hablar de los demás, sobre todo de la gente que antes vivía en la habitación de Amélia y en la mía. Al parecer, habrían tenido algún que otro roce en el pasado por temas de convivencia. La gente que habla mal de los demás —solía decirme a mí misma— seguro que también habla mal de ti. No son, generalmente, gente en la que puedas confiar (algo que, más tarde, demostrarían tanto Madeleine como Mario).

Por su parte, Mario acababa de llegar de un programa de intercambio en Guatemala. Allí, habría aprendido un poco de español, pero no lo suficiente como para mantener una conversación conmigo. Su cuarto estaba pegado, pared con pared, con el de Madeleine en la segunda planta. Ambos llevaban viviendo en sus respectivas habitaciones unos dos años aproximadamente. En junio, ambos planeaban marcharse. Ella a vivir con su pareja y él a Francia. 

Mario era francés, algo que no he mencionado hasta ahora, pero que quedaba patente en su forma de comunicarse y en su humor. Solía darle vueltas y vueltas al mismo asunto hasta llegar a decir lo que en realidad tenía que decir. No hablaba ni directa ni claramente; siempre había que entresacar el mensaje de entre sus palabras. En realidad, no nos conocíamos tanto, ya que él llegó en enero de aquel mismo año y se fue hacia mediados de marzo. Durante esos casi tres meses se pasaba el día redactando su trabajo de fin de máster, en el hospital haciendo prácticas de fisioterapia (él también estudiaba aquella carrera tan apreciada en Bélgica) o en clase. 

Lo más peculiar de Mario quizás fuese su voz densa y aguda y la manera en la que se reía. Él también tenía la costumbre de hablar de los demás, algo que nunca me gustó de él (ni tampoco de ella).

Por último, y en el tercer piso, se encontraba mi habitación aboardillada. Camille, la chica que vivía antes ahí, la dejó desprovista de muebles, con tan solo una tímida cortinilla roída y mugrosa que tapaba la luz que entraba por la ventana. Ni que decir tiene que lo primero que hice en aquel cuarto fue quitar la cortina; después, amueblaría aquella estancia con un estilo ikeo-minimalista y decoraría las paredes con las postales que había ido coleccionando a lo largo del año anterior.
Nunca puse una cortina nueva. La poca luz que entraba por aquel cuadrángulo en el techo era escasa para mi gusto, sobre todo durante el invierno, cuando las horas de luz se podían contar casi con los dedos de una mano. Una vez que comenzó la primavera y los días fueron alargándose, aquella ventana sin cortinas me daría más de una alegría. El sol entraba de lleno a partir del mediodía e iluminaba toda la estancia, mientras que la luz del atardecer bañaba cada rincón de aquella bohardilla convertida en habitación. 

La ausencia de una puerta que separase mi pequeño rincón del resto de la casa de Stockel nunca me preocupó. Solía dormir como un tronco, sin inmutarme de si pasaban los aviones a las 03:00 de la madrugada o si alguien estaba utilizando el baño en la segunda planta. Además, yo era de esa clase de personas a las que no le importaba dejar la puerta abierta de manera que invitaba a entrar. Así que no, nunca me quejé al propietario.

Por lo que a mí respecta, hacía tres meses que acababa de cumplir los 24 y me embarcaba en la aventura que suponía comenzar la vida adulta. ¡Cómo la detestaba! Ça me saoulait blindé el tener que ir a un trabajo que no me gustaba con gente a la que no le importaba nada más que añadir la prime a su salario a final de mes y que les chiffres fueran extraordinarias todos los días. ¡Como si todos los clientes que entrasen fuesen a comprar media tienda! Era una locura, un estrés continuo, pero se agradecían las cuatro cifras a final de mes en la cuenta y el hecho de tener algo que hacer cada día.

Desde que acabé el máster en septiembre de 2019, transcurrieron algunos meses duros en los que mis días se resumían en buscar trabajo desde España y pasear al perro. Hasta que decidí mudarme a Bruselas y empezar allí un nuevo capítulo de la crisis existencial que venía viviendo desde que acabé la carrera allá por 2018. «¿Qué voy a hacer el año que viene?» era la pregunta que me hacía todos los abriles. ¡Qué angustia no saber qué te depara el mañana! ¡Qué iba a hacer sin la certidumbre que había teñido mis 24 años de vida! Sin embargo, allí estaba en Bélgica, inmersa en una cultura y un país dividido en el que parecía que la crisis financiera del 2008 no había impedido que la vida continuase como si no hubiese pasado nada, con Matteo.

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