El autor del jardín - Parte I
Parte I
Aquella mañana de abril de 2020 aún seguíamos en cuarentena. Hacía exactamente un mes que habían saltado todas las alarmas a nivel mundial y que Bélgica declaraba el confinamiento en el país hasta próximo aviso.
Todo había ido demasiado deprisa: la propagación del virus, la prensa, la histeria colectiva (¿por qué todo el mundo compraba toneladas de papel higiénico?), el paro temporal de todas las actividades no esenciales, los aplausos todos los días a las 20:00… Cualquiera hubiera dicho que aquello no era la vida real, que estábamos viviendo a escala mundial una especie de novela distópica de George Orwell en la que miles de personas morían al compás de lo que los expertos llamaron coronavirus. Por aquel entonces, yo vivía en una pequeña comuna fina y alargada al oeste de Bruselas llamada Kraainem, al lado de una simpática placita en la que vendían algunos de los mejores helados de la ciudad y, por supuesto, des frites.
Aquel 18 de abril no salió el sol. Llevábamos varias semanas sin siquiera ver un nubarrón de esos que te calan hasta los huesos justo cuando sales de casa sin paraguas. Era raro. La primavera se había acomodado en las calles de la ciudad sin previo aviso: los árboles habían ganado en volumen de hojas verdes y rojas, las palomas construían sus nidos por allá y por acá y, cada mañana, un sol radiante entraba por la ventana, dando de lleno en el corazón de la habitación y de la cocina sobre el medio día. Habría sido una primavera maravillosa de no ser por aquel virus que, a pesar de venir desde muy lejos, había penetrado en las casas de todo Occidente.
La casa en la que yo vivía era, a mi parecer, un poco rara. Desde fuera, parecía un simple adosado unifamiliar de ladrillo visto con ventanas que iban de lado a lado en cada uno de sus dos pisos de altura. Por dentro, aquel edificio era otro cantar. Conforme entrabas por el número 441 de la Avenida Reine Astrid, había un hallcon una puerta a la izquierda que daba al garaje (una cochera que poco tenía de cochera). Allí, todos los vecinos guardaban sus bicicletas, cajas de cartón y de madera y las bolsas de la basura. A pesar de llevar seis meses viviendo en aquel país, aún me parecía raro guardar las bolsas de basura para tirarlas según el calendario de recogida de orgánico, plástico y cartón. Ahora, después de 20 años, ya estoy acostumbrada.
De frente, había una primera puerta que daba acceso a la Vivienda 1, que ocupaba la planta baja. Según había podido averiguar por las etiquetas con los nombres que había en el timbre, allí vivía un italiano joven que se dedicaba a la informática para una gran empresa de recursos humanos. Nunca le había visto en la vida real, pero ya había visto su cara en su perfil profesional de LinkedIn. Moreno, con barba y ojos grandes. El estereotipo de italiano que muchos tenemos en la cabeza, a fin de cuentas.
Las escaleras que se encontraban a la izquierda de la puerta de la Vivienda 1 conducían a otras dos puertas: la Vivienda 2 y la Vivienda 3. La Vivienda 2 era un estudio de una planta que daba, por un lado, a la avenida y, por otro, a un espacio comunal dividido en parcelas y convertidos en jardines con árboles, arbustos, césped y pequeñas flores blancas y amarillas (aunque no lo supiese a ciencia cierta, creo que eran margaritas). Sin embargo, ni la Vivienda 2 ni la 3 tenían acceso al jardín de la casa. Tan solo el informático italiano salía de vez en cuando con su gato (uno de estos peludos y con la cara achatada y continuamente enfadada). Recuerdo que un día lo vimos cenar a la luz de las velas con alguien más que, desafortunadamente, no pudimos reconocer.
La verdad es que mirábamos mucho por aquella ventana durante el confinamiento. Era nuestra forma de mantener el contacto social a parte de las videoconferencias con los amigos y las llamadas a la familia. Por las mañanas y con un café en mano, buscaba a los gatos de los vecinos que solían esconderse entre las hierbas altas y bajo los arbustos. A medio día, mientras cocinaba, echaba un vistazo al jardín de los vecinos de al lado donde siempre veía jugar a dos niños que, a veces, se acercaban al jardín de enfrente para buscar a los hijos de los vecinos, más o menos de la misma edad. Aún me pregunto cómo harían los padres para conciliar el teletrabajo con la vida familiar.
Como decía, en la Vivienda 2 habitaba una pareja joven, sin hijos, que acababa de comenzar a ver Cómo conocí a vuestra madre. Lo supe por la inolvidable banda sonora del inicio de cada capítulo. Y, por fin, nosotras, en la Vivienda 3.
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