Le regarde belge
Si un buen día alguien, en algún remoto y descabellado futuro en el que tú no estuvieses, me preguntase de qué color son tus ojos, no sabría qué decirle. No es una cuestión de marrón, azul o verde; no es que no reconozca el color del que se tiñen tus pupilas, ni los matices del que las diversas y rotondas posturas del sol las connotan. No puedo decir que sean simple y llanamente azules. Incluso ahora que no los tengo delante para mirarlos y observar cómo tu pupila se clava en la mía sé que nunca han sido sólo azules. Cuando nos conocimos a mediados de aquel frío febrero en el norte de Italia, tus ojos eran grises y borrosos. Encerraban el reflejo de unas nubes que nunca se marchaban. El cielo encapotado y triste, llorón, simplón, se habría comido el color de tus ojos, como cuando mezclas sin querer la ropa en la lavadora y ves cómo un maldito calcetín negro estropea tus blusas blancas inmaculadas. Sin embargo, el primaveral y caluroso mes de abril habría hecho que aquel monót...